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La charla de estudiantes pálidos y de ojos ardientes, anarquistas y utópicos todos, tomando el té y fumando cigarrillos en una habitación cerrada con llave hasta pasada la medianoche, se traduce a la mañana siguiente, con la literalidad de la más absoluta inocencia, en el lanzamiento de la bomba, el grito del eslogan orgulloso, el arrastre del joven soñador-emprendedor, todavía sonriente, hacia el calabozo y el pelotón de fusilamiento.